La importancia de la Familia en la educación los niños y niñas

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Históricamente, la formación académica ha sido asignada a la escuela, y la formación valórica y afectiva a la familia, quedando como dos responsabilidades paralelas. Sin embargo, debido a la complejidad del mundo contemporáneo, por un lado, los adelantos de la ciencia y la tecnología, la inmediatez que proporcionan los medios de comunicación y por otro, los modernos desarrollos de las ciencias psicológicas y sociales, se ha hecho evidente que una única institución no debe, ni puede, estar a cargo del proceso de socialización y educación. Como plantea Brofenbrener (1986) el niño forma parte de un sistema amplio e interdependiente: familia, escuela y comunidad.

En Latinoamérica y en nuestro país, recién desde los años 90, a diferencia de Europa, se han ejecutado políticas y acciones en pro de la participación e involucramiento entre las familias y las escuelas en forma sistemática. Una gran influencia surge de los acuerdos y políticas alcanzadas en Jomtiem (1990) y Dakar (2000) en el marco del plan “Educación para todos”, de UNESCO. En Chile uno de los pilares de la Reforma Educacional desarrollada en la misma década tuvo, desde su inicio, un carácter participativo.

El sentido de la generación de nuevas estrategias y políticas públicas que fomentan la participación de los padres y apoderados, obedece a que la educación moderna considera necesario “hacer de la escuela una verdadera comunidad educativa, que sea una organización de aprendizaje, con una nueva modalidad de gestión que sitúe a directivos, docentes, alumnos y alumnas, padres, madres y apoderados como protagonistas del quehacer institucional” (MINEDUC, 2002). Hay una serie de líneas de investigación que han puesto en relieve que el efecto de las familias en la educación es determinante, siendo igual o más influyente, que el efecto de las escuelas al explicar los logros académicos. Entre otras, la teoría de “las esferas de influencia superpuestas” (Epstein,2006), plantea que cuando los padres, los profesores y otras personas de la comunidad trabajan en conjunto, los niños aumentan sus aprendizajes y tienen una actitud más positiva hacia la escuela. La familia y la conjunción de los distintos componentes asociados a ésta, tendría una influencia de entre un 40% a un 60% sobre los logros escolares” (Brunner y Elacqua, 2003).

Generalmente los padres y apoderados tienen una participación informativa y consultiva, sin avanzar a niveles de mayor involucramiento. Estudios recientes (INCLUD – ED, 2006 – 2011) demuestran que cuando la forma de participación es decisiva, evaluativa e incluso educativa, hay mayor probabilidad de conseguir éxito escolar y participación de las familias. Actualmente, las políticas públicas de educación en Chile incluyen a los padres en dos espacios formales de trabajo dentro de la escuela: los Centros de Padres y Apoderados, que de acuerdo al decreto 565 del Ministerio de Educación (1990) tienen como función, entre otras, representar a los padres y apoderados y establecer y fomentar vínculos positivos entre la familia y la escuela; y los consejos escolares, en el que están representados miembros de los distintos estamentos, quienes resguardan la mirada de todos los miembros de la comunidad escolar. También se incorpora a los padres en el contexto de la Ley de Subvención Escolar Preferencial (SEP) y el Plan de Mejoramiento Educativo, que incluye objetivos, acciones y recursos que favorecen la inclusión de la familia en las escuelas; y el PADEM (Plan Anual de Desarrollo Educativo Municipal) en el contexto de la educación pública y particular subvencionada, que recoge las características propias de cada comuna con el objetivo de ordenar la gestión para que responda a las necesidades y problemáticas educativas locales (Asociación Chilena de Municipalidades, 2012).

Carlos Sluzki, (1996) plantea que cada uno de los sistemas –Familia y Escuela- ha tendido a operar como si fueran secantes (con pocas áreas en común) o tangentes (tocándose en los bordes). Sin embargo, las familias y las escuelas tienen una tarea en común de interacción y de recíproca influencia, y muchas veces se perciben mutuamente como una amenaza y no como una oportunidad de trabajo conjunto, lo que dificulta el proceso de aprendizaje y desarrollo de los niños y niñas. Se establece una especie de monólogo, y la atribución de las dificultades se externaliza hacia el otro en lo que han llamado los investigadores: “atribuciones cruzadas de culpas” (Alcalay, Milicic, Torreti, 2005). Los docentes culpan a las familias del fracaso escolar de sus hijos y las escuelas culpan a las familias del mismo. En muchas oportunidades, es posible comprobar que el niño o niña no avanza en sus aprendizajes, cuando los padres y docentes actúan sin coordinar sus objetivos y expectativas con respecto al proceso educativo. Al contrario de lo que se presupone, casi no existen familias desinteresadas o indiferentes por la educación de sus hijos, sino formas diferentes de expresar su interés, lo que requiere tener conocimiento de códigos culturales y comunicacionales.

La educación de calidad que nuestra sociedad pretende alcanzar, requiere que los establecimientos educacionales hagan del aprendizaje una experiencia significativa para sus estudiantes, que les permita desenvolverse en el mundo que les rodea, ser un aporte y entablar relaciones sanas y felices. Para ello, se necesita tomar en cuenta el hogar, lugar donde el niño vive sus primeras experiencias de convivencia y aprendizaje, que influirán en su cosmovisión, valores y creación de lazos afectivos; y la escuela en su rol de formador personal y social contribuirá, entre otros aspectos, al desarrollo de la autoestima académica, a la participación y formación ciudadana, hábitos de vida saludable y resguardará un buen clima escolar para facilitar el bienestar y desarrollo socioafectivo (MINEDUC, 2014). Para esto, como señala Joyce Epstein, se requiere de una cultura de alianza, no basta con la voluntad.

Soledad Feliú, Consultora Programa Aprender en Familia de Fundación CAP.

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