La colaboración como hoja de ruta. Por Macarena Elton, Consultora programa Aprender en Familia, Fundación CAP

Recientemente, un grupo de instituciones de la sociedad civil decidió reunirse y convocar a ser parte de un proceso colaborativo que busca generar una hoja de ruta con las principales medidas que se debieran adoptar, desde las políticas públicas, para enfrentar los desafíos de la Educación Parvularia en Chile.

De esta iniciativa emergen 12 propuestas, ambiciosas y necesarias, que apuntan a mejorar la calidad, el acceso y la institucionalidad de la educación parvularia. Estas propuestas conforman un plan de trabajo que desafía al estado, y lo interpela en la urgencia de materializar la reflexión en la implementación de mejoras concretas. Temas como el asegurar la calidad pedagógica en aula, potenciar la participación de las familias en el proceso educativo, ampliar la cobertura y abrir la posibilidad a programas no convencionales de educación, son iniciativas que no pueden esperar más tiempo. Esto, junto a un fortalecimiento del financiamiento y de la implementación de un sistema de aseguramiento de la calidad de la educación parvularia, posibilitan que la ansiada mejora en la calidad del sistema educativo para la primera infancia se torne más cercana.

Desde la experiencia que hemos adquirido trabajando en el ámbito educativo en sus diferentes niveles, destacamos tres elementos de este proceso. En primer lugar celebramos la importancia que ha cobrado la reflexión en torno a la urgencia de ocuparnos de la infancia en nuestro país. En segundo lugar, nos alegramos del carácter participativo y transversal que ha logrado esta iniciativa, que ha contribuido a estimular la participación ciudadana en torno a temas que incumben a todo el país. Y por último, a partir de nuestra experiencia de trabajo promoviendo la vinculación entre las familias y los establecimientos educacionales celebramos que dentro de estas medidas se haya relevado como un tema estratégico y prioritario potenciar la participación de las familias en el proceso educativo.

Respecto de este último punto, estamos convencidos que potenciar el desarrollo, aprendizaje y bienestar general de niñas y niños es una tarea grande, compleja que requiere de la participación e involucramiento de distintos actores y contextos de interacción en la vida de estos. Es algo que, además, considerando el enfoque de derechos, debiéramos ser capaces siempre de garantizar como sociedad. Si bien los padres y madres son los primeros responsables en la crianza de sus hijos e hijas, esta tarea es también una responsabilidad comunitaria.

A través del trabajo en terreno hemos conocido la realidad de los diferentes establecimientos educativos, constatando que cuando una comunidad se sintoniza, comparte un sentido de colaboración y se abren espacios de participación, los distintos actores se alinean en torno a un propósito común y se hace posible avanzar en el logro de grandes desafíos llegando a concretar las metas planteadas. El trabajo conjunto de una comunidad educativa permite la institucionalización de buenas prácticas y procesos que regulan la relación familia-escuela, permite que los apoderados se involucren más en la educación y desarrollo de sus hijos e hijas, valoren la calidad de las instancias de participación que se les ofrecen, se sientan representados por los centros de padres, acepten y aprovechen la entrega de herramientas, que los centros educativos proporcionan, para fortalecer sus competencias parentales y así apoyar de mejor manera la crianza de sus hijos.

Esta comprensión nos invita a valorar el territorio donde se insertan familias y jardines, como una comunidad que es fuente y posibilidad permanente de aprendizaje, en donde cada uno de sus actores son referentes válidos, aportando desde de su propia individualidad y diferencia.

A modo de conclusión, queremos destacar una vez más la importancia de desarrollar una cultura de colaboración, que logre integrar los intereses personales en un propósito común más amplio, considerando los recursos y saberes de todos y otorgando valor a las diferencias.

En estos años de acompañamiento a jardines y escuelas básicas, hemos visto en primera persona cómo es posible este cambio de mirada. Hemos visto cómo las familias al sentirse valoradas y necesarias dentro del proceso educativo son capaces de involucrarse y aportar desde su realidad particular. Hemos visto también cómo los agentes educativos han aprendido a valorar el aporte de los apoderados en la labor educativa, y en cómo los establecimientos han declarado e integrado en sus proyectos educativos la relevancia de esta alianza, transformando su cultura. A la base de estos cambios, está la importancia de comprender que las transformaciones sociales nos comprometen y requieren poner en juego las relaciones que se construyen diariamente como comunidad educativa en un “aprender a hacer juntos” y que la actitud para impulsar los cambios se ancla en potenciar los recursos por sobre las dificultades, democratizando las prácticas y los espacios de reflexión, evaluación y toma de decisiones.

Nos ilusiona pensar, que esta lógica de colaboración y cambio de mirada que se ha estado manifestando en distintos contextos o niveles, sea de aquí en adelante una manera de funcionar y enfrentar los distintos desafíos que se nos presentan como país, donde cada uno pueda sumarse, responsabilizarse y contribuir desde el lugar donde esté.