El primer día de clases – Columna de Cristián Warnken en el Mercurio

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Al primer día de clases se llega con el cuaderno en blanco, reluciente, oloroso. Y se le saca punta al lápiz, y el corazón tiembla en la mochila. "Venimos a aprender" -dicen los ojos de los niños, todavía limpios-. El conocimiento es una aventura, una aventura que partió hace miles de años, con preguntas que quemaban el alma. Con asombro. Qué palabra tan importante: asombro. En griego: thaumazein . Todo viene de ahí. De esos griegos que miraron lo naciente del agua, lo danzante del fuego, y se maravillaron y quisieron saber más, quisieron saberlo todo.

Los primeros filósofos fueron niños desbordados por las preguntas, ellos bailaban las preguntas.

La búsqueda del saber fue una fiesta y un combate. Un combate con la propia y dolorosa ignorancia. Y, entonces, en medio de la larga noche de ir tanteando a ciegas con lo oscuro, surgieron los primeros maestros. Pero ellos no traían respuestas, sino más preguntas. No eran portadores de la certeza, sino mensajeros de la extrañeza. El primer día de clases, en el origen de la aventura de saber, fue el silencio inquietante del maestro que ante las preguntas que le caían como flechas, se dio media vuelta y se fue. "Los dejo solos para que no me conviertan en estatua y los aplaste". Ese pasó a ser el signo del verdadero maestro: el que arrojaba al discípulo a la intemperie, para que caminara y volara solo. Aunque se quemara las alas. A veces hay que quemarse las alas, porque es mejor quemarse que apagarse.

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