Niños y niñas: el factor de cambio (climático)

Por Carolina Burgos, jefa de Sostenibilidad.

El pasado 22 de abril se conmemoró en varios países del mundo el día de la Madre Tierra, fecha que comenzó a celebrarse en 1970, cuando el 22 de abril de dicho año se realizó la primera manifestación ambientalista masiva en Estados Unidos, en la que participaron millones de personas y que tuvo como resultado la creación de la Agencia de Protección Ambiental. Al cabo de casi cincuenta años hemos llegado a un punto en el que las consecuencias del cambio climático son innegables. En los últimos diez años hemos visto cómo los efectos de éste se han sentido cada vez con más fuerza.

Chile no está ajeno a las consecuencias del cambio climático, ni a la necesidad de instalar la temática medioambiental, tanto en la agenda política como en la conciencia de toda la sociedad. En nuestro país se han realizado esfuerzos importantes y se han endurecido las normativas para generar estándares más exigentes en nuestra relación con el medioambiente. En esta línea es que enfrentamos el desafío país de acoger la versión número 25 de la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático (COP), lo que confirma el compromiso del país con el desarrollo sustentable.

Podemos sin duda ser críticos en relación a los avances de nuestro país en materia medioambiental. Por cierto, no hemos sido ni lo rápidos ni lo exigentes que la realidad del cambio climático nos ha exigido, sin embargo, no quiero profundizar en esta crítica, sino que más bien pondré el acento en un ámbito que me parece crucial para la instalación – urgente – de una cultura de la sustentabilidad.

Si retrocedemos unos 30 años, recordaremos que fumar cigarrillos era una práctica habitual y poco sancionada en nuestra sociedad. Poco a poco, y apoyado por evidencia científica, se fue instaurando la idea de los efectos nocivos para la salud que provocaba el cigarro, no sólo para quienes los consumían, sino que también para sus cercanos y para la higiene ambiental. Hoy, el porcentaje de fumadores ha bajado drásticamente, y las restricciones para esta acción han aumentado de forma radical. Uno de los elementos claves en esta transformación fueron los niños, niñas y adolescentes, quienes, sin duda, interiorizaron más rápidamente la nueva información científica que indicaba las consecuencias negativas de fumar, y no dudaron en exigirle, no sólo a sus padres, sino que a todo su entorno adulto cercano, que abandonaran este nocivo hábito.

Los adultos cambian más fácilmente sus hábitos cuando éstos se ven amenazados mediante control, fiscalización o sanción. Sin embargo, los niños, niñas y adolescentes interiorizan más rápidamente los nuevos hábitos y actúan como un polo de cambio cultural, principalmente en sus núcleos familiares y principales espacios de socialización.

En nuestra experiencia como desarrolladores del Programa Escuelas y Jardines Cero Residuos, hemos visto que los niños, niñas y adolescentes son los motores del cambio cultural que requerimos para instaurar una cultura de sustentabilidad, no sólo en los establecimientos educacionales, sino que en toda la comunidad educativa. Son ellos quienes cambian rápidamente sus hábitos y comienzan a exigir, que los adultos también adopten estos nuevos hábitos.

Se avecina la COP25 en nuestro país, se están generando cambios, hay más conciencia. No desaprovechemos la gran oportunidad que tenemos de poner en el centro de nuestras tareas, tanto a nivel político, como social, el desarrollo de una educación para la sustentabilidad.

Nos encontramos en un punto de quiebre en que, si no cambiamos nuestra forma de relacionarnos con el medioambiente, los efectos del cambio climático serán irreversibles. Y para esto, la educación para la sustentabilidad es clave, no porque cambiará a futuro la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno, sino que nos exigirá a todos el cambio cultural hacia la sustentabilidad que requerimos con urgencia.

Columna publicada en basepublica.org