La diversidad es un hecho. La inclusión, una actitud.

La diversidad es un hecho continuo y permanente en la sociedad, un desafío constante en la organización y gestión escolar cuando se construye una escuela viva, para todos y todas. Ahora bien, se requiere generar condiciones de apoyo, para pasar del consenso discursivo actual al aseguramiento efectivo de espacios de inclusión.

En Chile los contextos escolares han funcionado históricamente desde una concepción y práctica institucional centrada en la homogeneidad. Su configuración es monocrónica, es decir, desarrolla saberes y prácticas que esperan lo mismo, de igual manera y al mismo tiempo, de todas y todos los estudiantes. Ken Robinson (2010) experto en temas de creatividad y cambio de paradigma, señala que las escuelas se dejaron fascinar por un “tipo de orden” -industrial y enciclopédico- que con el tiempo se fue dando por sentado como un orden natural, sin constatar que ya no era efectivo para los desafíos de la sociedad de la información.

La inclusión y la diversidad son un desafío permanente, pues cada niño y niña tiene características, capacidades y necesidades de aprendizaje distintos. Un entorno educativo sin capacidad reflexiva y crítica de su quehacer, obstaculiza la búsqueda de soluciones, carece de ilusiones y motivaciones para enfrentarse a nuevos proyectos. Aún cuando algunas escuelas y/o jardines infantiles tienen las competencias necesarias para hacer de la diversidad un factor de enriquecimiento del proceso pedagógico, para otras, este trabajo puede ser un factor de angustia, desestructuración y percepción de incompetencia. La escuela se puede transformar en una “torre de babel”, una especie de coexistencia de orígenes multiculturales que no son capaces de conversar y tener un encuentro profundo para generar aprendizajes en nuevas formas de convivencia.

Somos por naturaleza diversos, sin embargo, teníamos normalizado que ciertos grupos sociales fueran invisibles y excluidos: personas con discapacidad, migrantes, LGBT +, entre otros. Afortunadamente, hoy nuestro país está viviendo un proceso social y político de mayor conciencia de la diversidad. Algunas expresiones concretas de esta toma de conciencia son la Ley Zamudio, Ley de Inclusión, Ley de Unión Civil, Ley de cuotas para personas con discapacidad, Ley de los partidos políticos con criterios de género, organización de una sociedad civil activa, entre varios otros ejemplos. No obstante, se requiere ir más allá del marco regulatorio para que, en la sociedad chilena, se asegure la inclusión y el respeto a la diversidad. Por eso decimos que la inclusión es una actitud, es algo sobre lo cual debemos trabajar, y la escuela es el espacio fundamental para generar el cambio necesario desde la niñez.

Para promover una actitud inclusiva, se debe dar paso a un proceso adaptativo, que implique desplegar nuevos aprendizajes. Se requiere desarrollar, por parte de los actores educativos, habilidades para generar contextos abiertos a la diversidad. La evidencia es robusta en el papel que juegan los equipos directivos al momento de movilizar a las comunidades educativas hacia la mejora y construcción de una cultura de inclusión. Se debe ejercer un liderazgo para la justicia y la transformación social que implica “promover la equidad, justicia social y la calidad de vida, expandir el acceso y las oportunidades, fomentar el respeto por la diferencia y la diversidad, fortalecer la democracia, la vida y responsabilidad cívica, promover el enriquecimiento cultural, la expresión creativa, la honestidad intelectual, el avance del conocimiento y la libertad individual aparejada de responsabilidad” (Astin & Astin, 2000; citado en Shields, 2004, p.113).

Lo primero es tener conciencia de nuestros propios prejuicios, sesgos y estereotipos, para desarrollar un liderazgo honesto que parte de la consciencia de nuestras propias barreras. Lo segundo, es revisar nuestras barreras emocionales, que nos hacen huir de lo diferente, de sentirnos incómodo con aquellos que no “encaja” con nuestra cosmovisión actual. Lo tercero, es mirar las pérdidas que tiene para el aprendizaje de los estudiantes una perspectiva homogeneizante. Al tomar consciencia que el aprendizaje se empobrece, limita y estrecha con la discriminación, seremos más proclives a incorporar y valorar la diversidad como un enriquecimiento de la experiencia educativa, que sin duda nos prepara de mejor forma para un mundo cambiante e incierto.

Actualmente, Focus trabaja en conjunto con el Servicio Jesuita a Migrantes, América Solidaria, Be Human, entre otras instituciones para movilizar a nuestra sociedad hacia mayores niveles de inclusión. Hemos diseñado y ejecutado dos encuentros sobre Migración y Aula, donde los actores han podido intercambiar prácticas y recibir material de orientación y trabajo, próximamente tendremos un taller sobre diversidad e inclusión para equipos directivos. Sabemos que debemos seguir generando espacios, que permitan generar encuentros más inclusivos y tolerantes entre los adultos, porque niños y niñas nos enseñan que se ven como iguales. Es un imperativo moral desafiar constructivamente a la escuela para evitar el sufrimiento humano que produce la discriminación, el racismo y la intolerancia hacia lo diferente.

La inclusión requiere migrar el pensamiento, dejar nuestras seguridades, prejuicios, y estereotipos. Llegó el tiempo de superar el paradigma de la homogeniedad, de lo uniforme que está tan arraigado en nuestra cultural, y en nuestro sistema educativo.