Cerremos una escuela: la del bullying

"Debemos reflexionar cómo desde la publicidad, las películas, las redes sociales y las interacciones cotidianas se asocia a 'lo bacán' con lo violento y a 'lo perno' con el hacer el bien y cuidar"

Por Francisco Covarrubias, jefe del área de Desarrollo

La frase “cerremos la escuela” puede sonar como un eslogan de marketing, una controvertida consigna política, pero encierra un significado más profundo que eso. Este es el nombre de una campaña que difunde por las redes sociales la Fundación Todo Mejora y se suma a otros esfuerzos de comunidades que, en Chile, trabajamos para transformar las escuelas en espacios más seguros.

Hoy en nuestro país se ha comenzado a avanzar en la implementación de estrategias para enfrentar el bullying de manera más contundente, pero son desconocidas las fórmulas para evitar que éste se siga produciendo. Según la misma Fundación, tres de cada cinco adolescentes consultados presentan comportamiento suicida. Esto nos permite preguntarnos: ¿Cuántas muertes más tenemos que esperar para poder atacar este problema de raíz? Los distintos casos recientes de suicidio escolar se dan en un país que ya ha avanzado en que cada establecimiento tenga un Reglamento de Convivencia. El problema es que estos instrumentos pocas veces van más allá de la sanción, cuando lo que se requiere es prevenir.

En mi experiencia personal de la etapa escolar, cada vez que un adulto sancionaba a un estudiante por haber molestado a otro, sin querer lo hacía más popular ante los ojos de sus compañeros, de sus pares, porque en ese acto se acrecentaba el capital personal por haber desafiado, indirectamente, a la autoridad. Lo mismo pasaba cuando alguien encontraba un buen sobrenombre para otro y se celebraba esto como una muestra de ingenio, de rapidez mental y, en el fondo, de dominio sobre otro. Sin buscarlo, aplicar el protocolo de anotación o suspensión de algún modo también hacía parecer atractivo a quien ejercía la violencia. De lo anterior se podría deducir que una manera de cerrar la “escuela del bullying” no significa necesariamente llamarle la atención luego de haber sido testigos de algo grave, sino cuestionar profundamente las normas sociales detrás de la convivencia para atacar el problema de raíz. La alternativa no parece ser entonces la sanción, sino que los pares premien las conductas de cuidado y generen costos a las conductas de violencia.

¿Cómo se hace eso? Una posibilidad de respuesta se abre desde Comunidades de Aprendizaje, un proyecto de transformación social y educativa que trajo Instituto Natura a Latinoamérica. Dicho proyecto propone el Modelo Dialógico de Prevención y Resolución de Conflictos basado en el INCLU-ED, la investigación más grande que ha hecho la comunidad europea en educación (2006-2011).

Cuatro son las líneas del modelo dialógico que ayudan a prevenir el bullying. La primera es cultivar en el aula el aprendizaje a través del diálogo. Si no se aprende en clases la solidaridad y la igualdad de las diferencias, es imposible pretender que afuera de la sala pase algo distinto. La educación no sexista por ejemplo, no es efectiva si no se entiende cómo esta norma afecta también el modo en que se refleja el género en la escuela.

La segunda línea es reflexionar juntos respecto de cómo desde la publicidad, las películas, las redes sociales y las interacciones cotidianas se asocia a “lo bacán” con lo violento y a “lo perno” con el hacer el bien y cuidar.

La tercera línea, siguiendo a Paulo Freire, es ver los conflictos como el centro de la dinámica educativa. Apagar los conflictos es perderse oportunidades de aprendizaje. Desde este paradigma se promueve que estudiantes, profesores, apoderados y asistentes de la educación identifiquen los conflictos más graves que afectan a los estudiantes y que vayan a estudiar juntos a sus raíces, para luego realizar y monitorear planes de solución mancomunados. Esto está basado en la convicción de la importancia de la participación de todos y todas. La última línea, es promover que, entre compañeros, se frene la violencia generando costos a quienes la practican y beneficios para quienes son cuidadosos, inclusivos y se ponen del lado de la víctima.

En Chile pronto serán 60 las escuelas que están avanzando en la transformación hacia Comunidades de Aprendizaje. Hoy apuntamos a que este primer paso pueda convertirse en una política pública. Estamos seguros de que cerrar la “escuela del bullying” es abrir la escuela a una verdadera comunidad que apunte a la mejora de los aprendizajes y la convivencia.

Columna publicada en basepublica.org